
2º DOMINGO
DE ADVIENTO
1.
CANTO DE ENTRADA
AmEmonos de corazOn,
no de labios ni de
oIdos. (2)
Para cuando Cristo venga,
para cuando Cristo venga,
nos encuentre bien unidos.
¿Cómo puedes tú orar
enojado con tu hermano?
Dios no escucha la oración
si no te has reconciliado.
2.
acto penitencial
Pongámonos ahora en silencio
ante el Señor. Pidámosle que se abra el cielo y descienda sobre nosotros su
gracia, su amor, su perdón.
- Jesús, hermano de los hombres, que vienes
para fortalecer a tu pueblo y para abrir un camino nuevo en nuestra vida: Señor,
ten piedad.
- Mesías esperado, que vienes para dar la Buena
Noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados, para anunciar la
libertad a los cautivos: Cristo, ten piedad.
- Hijo de Dios, que vienes para realizar todas
las esperanzas de los hombres: Señor, ten piedad.
3.
ORACION colecta
Que nuestras responsabilidades
terrenas no nos impidan, Señor, prepararnos a la venida de tu Hijo, y que la
sabiduría que viene del cielo, nos disponga a recibirlo y a participar de su
propia vida. Por nuestro Señor Jesucristo... Amén.
4.
PRIMERA LECTURA
El profeta Isaías, el profeta característico
de este tiempo de Adviento, anuncia el retorno a la patria del pueblo desterrado.
Retorno que supone alegría por la noticia tan esperada, y exige ponerse en camino,
para sacar los obstáculos que aún impiden la llegada del Señor.
Lectura del libro del profeta Isaías
40, 1-5. 9-11
C onsuelen,
consuelen a mi pueblo, dice nues
tro Dios. Hablen al corazón de Jerusalén y
díganle a gritos que ya terminó el tiempo de su servidumbre y que ya ha satisfecho
por sus iniquidades, porque ya ha recibido de manos del Señor castigo doble
por todos sus pecados».
Una voz clama: «Preparen el camino del Señor
en el desierto, construyan en el páramo una calzada para nuestro Dios. Que todo
valle se eleve, que todo monte y colina se rebajen; que lo torcido se enderece
y lo escabroso se allane. Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los
hombres la verán». Así ha hablado la boca del Señor.
Sube a lo alto del monte, mensajero de buenas
nuevas para Sión; alza con fuerza la voz, tú que anuncias noticias alegres a
Jerusalén. Alza la voz y no temas; anuncia a los ciudadanos de Judá: «Aquí está
su Dios. Aquí llega el Señor, lleno de poder, el que con su brazo lo domina
todo. El premio de su victoria lo acompaña y sus trofeos lo anteceden. Como
pastor apacentará su rebaño; llevará en sus brazos a los corderitos recién nacidos
y atenderá solícito a sus madres».
Palabra de Dios. R. Te alabamos,
Señor.
5.
SALMO RESPONSORIAL
(Puede cantarse)
R. EL SEÑOR ES COMPASIVO
Y MISERICORDIOSO
Escucharé las palabras del Señor,
palabras de paz para su pueblo santo.
Está ya cerca nuestra salvación
y la gloria del Señor habitará en la tierra.
R.
La misericordia y la verdad se encontraron,
la justicia y la paz se besaron,
la fidelidad brotó en la tierra
y la justicia vino del cielo. R.
Cuando el Señor nos muestre su bondad,
nuestra tierra producirá su fruto.
La justicia le abrirá camino al Señor
e irá siguiendo sus pisadas. R.
6.
SEGUNDA LECTURA
San Pedro, en su segunda carta, quiere confirmar
la certeza de que el Señor vendrá para renovarlo todo. Hoy nos anima a esperar
al Señor, viviendo ya ahora la vida nueva en la justicia.
Lectura de la segunda carta del apóstol san
Pedro
3, 8-14
Q ueridos
hermanos: No olviden que para el
Señor, un día es como mil años y mil años,
como un día. No es que el Señor se tarde, como algunos suponen, en cumplir su
promesa, sino que les tiene a ustedes mucha paciencia, pues no quiere que nadie
perezca, sino que todos se arrepientan.
El día del Señor llegará como los ladrones.
Entonces los cielos desaparecerán con gran estrépito, los elementos serán destruidos
por el fuego y perecerá la tierra con todo lo que hay en ella.
Puesto que todo va a ser destruido, piensen
con cuánta santidad y entrega deben vivir ustedes esperando y apresurando el
advenimiento del día del Señor, cuando desaparecerán los cielos, consumidos
por el fuego, y se derretirán los elementos.
Pero nosotros confiamos en la promesa del Señor
y esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia. Por
lo tanto, queridos hermanos, apoyados en esta esperanza, pongan todo su empeño
en que el Señor los halle en paz con él, sin mancha ni reproche.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
7. ACLAMACION
R. Aleluya, aleluya
Preparen el camino del Señor,
hagan rectos sus senderos,
y todos los hombres verán al Salvador.
R. Aleluya, aleluya
8. EVANGELIO
@ Lectura
del santo Evangelio según san Marcos
R/ Gloria a Ti, Señor.
1, 1-8
E ste
es el principio del Evangelio de
Jesucristo, Hijo de Dios. En el libro del
profeta Isaías está escrito:
He aquí que yo envío a mi mensajero delante
de ti, a preparar tu camino. Voz del que clama en el desierto: «Preparen el
camino del Señor, enderecen sus senderos».
En cumplimiento de esto, apareció en el desierto
Juan el Bautista predicando un bautismo de arrepentimiento, para el perdón de
los pecados. A él acudían de toda la comarca de Judea y muchos habitantes de
Jerusalén; reconocían sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.
Juan usaba un vestido de pelo de camello, ceñido
con un cinturón de cuero y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Proclamaba:
«Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco
ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he
bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo».
Palabra del Señor.
R. Gloria a Ti, Señor Jesús.
9. Profesion
de Fe
¿Creen ustedes en Dios, Padre todopoderoso,
creador del cielo y de la tierra? - SI, CREO.
¿Creen en Jesucristo, su Hijo único
y Señor nuestro, que nació de la Virgen María, padeció y murió por nosotros,
resucitó y está sentado a la derecha del Padre? - SI, CREO.
¿Creen en el Espíritu Santo, en la
santa Iglesia católica, en la comunión de los santos, en el perdón de los
pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna? - SI,
CREO.
Esta es nuestra fe, es la fe de la Iglesia
que nos gloriamos de profesar en Cristo nuestro Señor.
- AMEN
10.
ORACION DE LOS FIELES
Con esperanza, pidamos
la venida del Señor a nosotros y a todos los hombres y mujeres del mundo.
Diciendo: Ven, Señor Jesús.
1.- Para que la Iglesia viva en actitud
de renovación constante. Oremos.
2.- Para que el Papa, los obispos,
los sacerdotes y diáconos, como Juan el Bautista, hagan posible el encuentro
de los hombres con Jesús salvador. Oremos.
3.- Para que sea posible allanar el
camino de la separación entre los cristianos y construir la ruta de la unidad.
Oremos.
4.- Para que todos nosotros, guiados
por la palabra y el testimonio del Bautista, abramos nuestro corazón a la
celebración del Gran Jubileo del año 2000. Oremos.
5.- Para que los que celebramos esta
Eucaristía no abandonemos la lucha por la venida del Reino de Dios a nosotros
y el mundo. Oremos.
Ven; Señor, y escucha
nuestra oración. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
11.
CANTO DE OFERTORIO
Caminamos hacia el sol,
esperando la verdad;
la mentira, la opresión,
cuando vengas cesarán
LLEGARA CON LA LUZ
LA ESPERADA LIBERTAD. (2)
Contruimos hoy la paz
en la lucha y el dolor;
nuestro mundo surge ya
en la espera del Señor.
12.
CANTO DE COMUNION
Ven, ven, Señor, no tardes;
ven, ven, que te esperamos:
ven, ven, Señor, no tardes;
ven, pronto, Señor.
El mundo muere de frío,
el alma perdió el calor;
los hombres no son hermanos
el mundo no tiene amor.
Envuelto en sombría noche
el mundo sin paz no ve,
buscando va una esperanza,
buscando, Señor tu fe.
Al mundo le falta vida,
al mundo le falta luz,
al mundo le falta el cielo,
al mundo le faltas Tú.
13. CANTO
FINAL
Mientras recorres la vida
tU nunca solo estás
contigo por el camino
Santa Maria va.
Relato de las Apariciones de la Virgen de Guadalupe
Del Nicán Mopohua, relato del escritor indígena
del siglo dieciséis don Antonio Valeriano
U n
sábado de mil quinientos treinta y uno, a pocos
días del mes de diciembre, un indio de nombre
Juan Diego iba muy de madrugada del pueblo en que residía a Tlatelolco, a tomar
parte en el culto divino y a escuchar los mandatos de Dios. Al llegar junto
al cerrillo llamado Tepeyac, amanecía, y escuchó que le llamaban de arriba del
cerrillo:
«Juanito, Juan Dieguito.»
El subió a la cumbre y vio a una señora de sobrehumana
grandeza, cuyo vestido era radiante como el sol, la cual con palabra muy blanda
y cortés, le dijo:
«Juanito, el más pequeño de mis hijos, sabe
y ten entendido que yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios
por quien se vive. Deseo vivamente que se me levante aquí un templo, para en
él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los
moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí
confíen. Ve al Obispo de México a manifestarle lo que mucho deseo. Anda y pon
en ello todo tu esfuerzo.»
Cuando llegó Juan Diego a presencia del Obispo
don Juan de Zumárraga, religioso de san Francisco, éste pareció no darle crédito
y le respondió:
«Otra vez vendrás y te oiré más despacio.» Juan
Diego volvió a la cumbre del cerrillo, donde la Señora del Cielo le estaba esperando,
y le dijo:
«Señora, la más pequeña de mis hijas, niña mía,
expuse tu mensaje al Obispo, pero pareció que no lo tuvo por cierto. Por lo
cual te ruego que le encargues a alguno de los principales que lleve tu mensaje
para que le crean, porque yo soy sólo un hombrecillo.»
Ella le respondió: «Mucho te ruego, hijo mío
el más pequeño, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo y le digas que yo
en persona, la siempre Virgen santa María, Madre de Dios, soy quien te envío.»
Pero al día siguiente, domingo, el Obispo tampoco
le dio crédito y le dijo que era muy necesaria alguna señal para que se le pudiera
creer que le enviaba la misma Señora del Cielo. Y le despidió.
El lunes, Juan Diego ya no volvió. Su tío Juan
Bernardino se puso muy grave y, por la noche, le rogó que fuera a Tlatelolco
muy de madrugada a llamar un sacerdote que fuera a confesarle.
Salió Juan Diego el martes, pero dio vuelta
al cerrillo y pasó al otro lado, hacia el oriente, para llegar pronto a México
y que no lo detuviera la Señora del Cielo. Mas ella le salió al encuentro a
un lado del cerro y le dijo:
«Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño,
que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón ni te inquiete
cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No
estás, por ventura, en mi regazo? No te aflija la enfermedad de tu tío. Está
seguro de que ya sanó. Sube ahora, hijo mío, a la cumbre del cerrillo, donde
hallarás diferentes flores; córtalas y tráelas a mi presencia.»
Cuando Juan Diego llegó a la cumbre, se asombró
muchísimo de que hubiesen brotado tantas exquisitas rosas de Castilla, porque
en ese tiempo encrudecía el hielo, y las llevó en los pliegues de su tilma a
la Señora del Cielo. Ella le dijo:
«Hijo mío, ésta es la prueba y señal que llevarás
al Obispo para que vea en ella mi voluntad. Tú eres mi embajador muy digno de
confianza.»
Juan Diego se puso en camino, ya contento y
seguro de salir bien. Al llegar a la presencia del Obispo, le dijo:
«Señor, hice lo que me ordenaste. La Señora
del Cielo condescendió a tu recado y lo cumplió. Me despachó a la cumbre del
cerrillo a que fuese a cortar varias rosas de Castilla, y me dijo que te las
trajera y que a ti en persona te las diera. Y así lo hago, para que en ellas
veas la señal que pides y cumplas su voluntad. Aquí están: recíbelas.»
Desenvolvió luego su blanca manta, y, así que
se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó
en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la siempre Virgen santa
María, Madre de Dios, de la manera que está y se guarda hoy en su templo del
Tepeyac.
La ciudad entera se conmovió, y venía a ver y a admirar su devota
imagen y a hacerle oración, y, siguiendo el mandato que la misma Señora del
Cielo diera a Juan Bernardino cuando le devolvió la salud, se le nombró, como
bien había de nombrarse: «la siempre Virgen santa María de Guadalupe.»
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