| VIA CRUCISVIA CRUCIS SENCILLO.
VIA CRUCIS
I.- JESUS ES CONDENADO A MUERTE
S.- Yo, hermanos, llegué a anunciaros el testimonio de Dios con sublimidad
de elocuencia o de sabiduría, que nunca otros me precié de saber
cosa alguna, sino a Jesucristo, y crucificado... Mi palabra y
mi predicación no se basó en persuasivas discursos de humana sabiduría,
sino en la manifestación del espíritu de fortaleza para que vuestra
fe no se apoye en la sabiduría de los hombres sino en el poder
de Dios. (1Cor 2,1-5).
Señor, ahora ya es demasiado tarde para callarte. Has hablado
demasiado. Es demasiado tarde para que te dejen hacer.
Has luchado demasiado. Has llamado raza de víboras a la
gente de bien. Les
has dicho que su corazón era un negro sepulcro bellamente adornado.
Has abrazado a los podridos leprosos. Has hablado descaradamente
con extranjeros vulgares. Has comido con pecadores públicos y
has dicho que las mujeres de la vida serían las primeras en el
Paraíso.
Te has complacido con los pobres, con los piojosos, con
los lisiados. Has cumplido desastrosamente tus prácticas
piadosas. Has querido interpretar la ley y reducirlo a
un pequeño mandamiento: amar.
Y ellos ahora se vengan. Ellos se han movido contra Ti,
han ido a denunciarte a las autoridades y las autoridades van
a tomar las medidas oportunas.
Señor, yo sé que si intento vivir un poco como Tú voy a
ser condenado. Y tengo miedo. Ya empiezan a señalarme con el dedo.
Algunos se sonríen, otros se burlan, otros se escandalizan,
varios de mis amigos están ya a punto de traicionarme.
Tengo miedo de pararme a la mitad del camino. Tengo miedo
de escuchar la sabiduría de los hombres, la que dice: conviene
hacer las cosas despacio, no hay que tomarlo todo a la letra,
es mejor hacer componendas con el adversario...
Y yo sé, Señor, que Tú tienes razón. Ayúdame, pues, a luchar.
Ayúdame a hablar. Ayúdame a vivir tu Evangelio hasta el final,
hasta la locura, la locura de la Cruz.
II.- JESÚS CON LA CRUZ A CUESTAS
S.- Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome
cada día su cruz y sígame. Porque quien quisiera salvar su vida la
perderá, pero quien perdiere su vida por amor de Mí la salvará.
(Lc 9,23-24).
He ahí tu cruz, Señor.. ¡Tú cruz, como si hubiera realmente
una cruz tuya!
No, Tú no tenías cruz ninguna, Tú viniste a buscar las
nuestras, y a todo lo largo de tu vida, a lo largo de todo tu
camino, de tu pasión, has ido tomando uno a uno los pecados del
mundo.
Ahora, pues, camina, dóblate, sufre. Pero sigue caminando.
Es necesario que alguien lleve la Cruz. Señor, Tú caminas en silencio.
¿Es que entonces hay un tiempo para hablar y otro para callar?
¿es que hay un tiempo de luchar y otro de aceptar este silencioso
llevar todos los pecados del mundo y los nuestros?
A mí me ilusionaría batirme enarbolando la cruz; pero llevarla
es duro, y, cuanto más avanzo y más miro el mal del mundo, la
cruz se hace más pesada en mi espalda.
Señor, ayúdame a comprender que la acción más generosa
no es nada si no es al mismo tiempo silenciosa Redención.
Y, puesto que Tú has querido para mí este largo Vía Crucis,
ayúdame cada mañana a reemprenderlo.
III.- JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ
S.- Jesús les respondió (a Juan y a Santiago): ¿Podéis beber el cáliz que
Yo he de beber o ser bautizados con el bautismo con que Yo he
de ser bautizado? Le contestaron: Sí que podemos. (Mc 10, 38-39).
Ha caído. Un momento se le vio tambalearse como un borracho
Al fin, se desplomó. Dios ha mordido el polvo. También yo, Señor,
confiado salí en tu seguimiento, y heme aquí caído.
¡Y yo que creía haberme dado a Ti definitivamente!
Pero he visto una flor en un sendero y te he dejado he
dejado la embarazosa cruz, y heme aquí fuera del camino, enriquecido
con unos pocos pétalos marchitos y con la soledad.
Y pasan los demás por el camino, Señor, rotos, agotados,
y se preparan más cruces, más espaldas se curvan, y yo ya no estoy
ahí para luchar contra el mal y ayudar a los hombres a arrastrar
su fardo, yo estoy fuera del camino.
Señor, dame no solamente el salir en tu seguimiento, sino
también el mantenerme en él. Evítame estas faltas por sorpresa
que me dejan atontado y vacío, lejos de tus canteras donde se
construye el Mundo.
IV.- JESÚS ENCUENTRA A SU MADRE
S.- Y una espada atravesará tu alma. (Lc 2,35).
¡Qué pena me da, Señor, tu pobre madre! Ella sigue, te
sigue, sigue a la humanidad en su camino de la Cruz. Ella va entre
la masa anónima, pero no quita un instante los ojos de Ti.
Ni uno de tus gestos, ni uno de tus suspiros, ni uno de
tus golpes, ni una de tus heridas le resulta extraño. Ella conoce
tus sufrimientos, sufre tus sufrimientos, sin acercársete sin
hablarte, sin tocarte, contigo, Señor, Ella salva al mundo.
A menudo, mezclado entre los hombres, yo los acompaño en
su Camino de la Cruz y yo soy aplastado por el mal y me siento
incapaz de salvar al mundo: es demasiado pesado, demasiado podrido,
y además... además en cada nuevo recodo del camino descubro nuevas
injusticias y nuevas impurezas.
Señor: ponme delante de los ojos a tu madre María: la inútil,
la ineficaz a los ojos de los hombres, la corredentora a los ojos
de Dios.
Ayúdame a caminar entre los hombres ávido de saber su mal
y su pecado. Haz que yo no aparte jamás los ojos, que jamás cierre
mi coraz6n para que acogiendo en mí el dolor del mundo yo sufra
y rescate como María, tu Madre.
V.- EL CIRINEO AYUDA A JESÚS A LLEVAR LA CRUZ
S.- Lo sacaron para crucificarlo. Y requisaron a un transeúnte, un cierto
Simón de Cirene, que venía del campo... para que llevase la cruz.
(Mc 15, 20-21).
Pasaba por allí y ellos lo requisaron, dio la casualidad
de que fuese él, un desconocido. Señor, Tú aceptas su ayuda,
Tú no has exigido ni siquiera un gesto de amor el hermoso
brío de un amigo generoso hacia amigo agotado y burlado. Tú has
escogido ese gesto de encargo del hombre temeroso y obligado.
Señor todopoderoso, Tú te haces ayudar por el hombre impotente.
Señor, Tú quieres tener necesidad del hombre. Señor, yo tengo
necesidad de los otros.
La ruta de los hombres es demasiado dura para ser recorrida
a solas. Pero yo aparto las manos que se me tienden. Quiero obrar
yo solo, quiero luchar yo solo, quiero triunfar yo solo.
Y con todo, a mi lado caminan un amigo, un esposo un hermano,
unos vecinos, unos compañeros de trabajo. Tú los has colocado
ahí, Señor, y yo los ignoro demasiado a menudo. Y sin embargo
sólo unidos todos salvaremos el mundo.
Señor, dame el saber descubrir, el saber aceptar todos
los cirineos de mi camino aunque me ayuden obligados.
VI.- LA VERÓNlCA ENJUGA EL ROSTRO DE JESÚS
S.- Llevamos , siempre en nuestro cuerpo la mortificación de Jesús, para que
la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo (2 Cor 4, 1).
Señor, ella te ha mirado largamente, ha sufrido contigo
y, no pudiendo más, ha atropellado a los soldados y con un fino
lienzo ha enjugado tu rostro. ¿Quedaron tus rasgos sangrientos
grabados en lienzo? Puede
ser, en su corazón ciertamente quedaron.
Me hace falta, Señor, contemplarte largamente, gratuitamente,
como el hermano pequeño admira al hermano mayor. Pues yo quiero
parecerme a Ti y para esto es preciso ante todo, mirarte.
Si Tú quieres yo me convertiré un poco en Ti, pues el amigo
que ama a su amigo llega a ser una sola alma con él. Pero, Señor,
demasiadas veces paso ante Ti preocupado, o me aburro cuando me
paro y te miro y así ofrezco a los otros una bien triste caricatura
de Ti.
Perdón por mi mirada opaca: esos no ven en ella tu Luz;
perdón por mi cuerpo ávido de placeres: ellos no adivinan al fondo
tu presencia; perdón por mi corazón lleno de cachivaches: ellos
no encuentran en él tu Amor. Pero, Señor, ven de todos modos a
mi casa: mis puertas están abiertas.
VII.- JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ
S.- Estad atentos, no sea que se emboten vuestros corazones... Velad, pues,
en todo tiempo y orad para que podáis evitar todo esto que ha
de venir, y comparecer ante el Hijo del Hombre. (Lc 21, 34.36)
No puedes más, Señor, de nuevo estás en tierra. Esta vez
ya no es sólo el peso de la cruz quien provoca la caída, sino
la fatiga acumulada, el cansancio. El sufrimiento repetido adormece
la voluntad.
Mis pecados, Señor, son unos terribles adormecedores de
la conciencia. Yo me habitúo rápidamente al mal: una falta de
generosidad aquí, una infidelidad allá, una simple imprudencia
más lejos.
Y mi mirada se ensombrece ya no veo los obstáculos, no
vuelvo a ver a los demás en mi camino. Y mis oídos se cierran.
Y ya no oigo la queja de los hombres. Y me encuentro por
tierra, en la llanura, lejos del
Calvario que Tú me has trazado. Señor, yo te lo pido, guárdame
joven en mis esfuerzos. Ahórrame la rutina que adormece y me mata.
VIII.- JESÚS REPRENDE A LAS HIJAS DE JERUSALÉN
S.- ¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga en
el tuyo? 0, ¿Cómo puedes decir a tu hermano: Hermano, déjame quitarte
la paja que tienes en el ojo, cuando tú no adviertes la viga que
hay en el tuyo? Hipócrita; quita primero la viga de tu
ojo, y luego tratarás de quitar la paja que hay en el de tu hermano
(Lc 6,41-42).
Ellas lloran, sollozan. Se comprende, hay motivo sobrado
para ello. ¡Si vierais como le han dejado! Y ellas son impotentes,
no pueden intervenir.
Y entonces ellas van y lloran, lloran de compasión. Señor,
Tú las viste, las oíste. Llorad más bien por vuestros pecados.
Apiadarme de tus sufrimientos y de los del mundo, Señor,
eso ya sé hacerlo. Pero llorar por mis pecados... eso ya es otra
cosa.
Me gusta tanto lamentarme de los de los demás. Es más fácil.
En eso soy un verdadero maestro: por mi tribunal desfila todos
los días el mundo entero.
Y siempre encuentro culpable: la política, la economía,
las chabolas, el vino, el cine, el trabajo, los vagos que no hacen
nada, los curas que no comprenden nada, los cristianos...y tantos
otros, tantos otros.
En total: todo el mundo menos yo. Señor: enséñame que soy
un pecador.
IX.- JESÚS CAE POR TERCERA VEZ
S.- Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntase: ¿Me amas?.
Y le dijo: Señor Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo. (Jn 21,
17).
Otra vez. Los soldados la gozan golpeando :Él no se mueve.
¿Estás muerto, Señor?
No, pero sí al final de las fuerzas. Minuto de angustia
terrible. Y hay que seguir, seguir en el estado en que Tú estás,
seguir. Un paso, otro más, otro aún...
Señor, Tú has caído por tercera vez, pero ya en la cima
del Calvario. Otra vez. Sigo cayendo a cada paso. No lograré llegar
jamás.
Lo he dicho alguna vez, Señor, y te pido perdón, porque
es ahí donde Tú estabas esperándome para medir mi confianza.
Si me desanimo, Señor, estoy perdido. Mientras luche sigo
estando salvado. pues Tu has caído -por tercera vez, pero ya en
la cima del Calvario.
X.- JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURA
S.- Es llegada la hora en que el Hijo del Hombre será glorificado.
En verdad, en verdad os digo, que si el grano de trigo
n cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere dará mucho
fruto. (Jn 12,23-24).
Ya lo único tuyo que te quedaba era la túnica. Le tenías
un cariño especial. La había tejido tu madre.
Pero aun eso sobraba. Una sola cosa, Señor, es necesaria:
tu Cruz. Ahora todo lo que os separaba ha desaparecido, al fin
podéis tu cruz y Tú desposaras para siempre y, trágica pareja,
vais a salvar al mundo.
También yo, Señor, debo abandonar todos estos vestidos
de ceremonia que me estorban en mi vida y me esconden a tus ojos,
este «tener» que ahoga el «ser» en mí, y me separa de los otros.
Así, Señor, yo debo, poco a poco, hacer morir en mi vida
todo aquello que no sea fidelidad a tu voluntad. Y esto no me
gusta un pelo, Señor; hay que estar siempre muriendo.
Qué exigente eres: yo doy y aún sigues pidiendo. Me gustaría
quedarme con cuatro naderías, cuatro fruslerías que se me pegan
a la piel y no acabo de resignarme a ofrecerte.
Pero si Tú lo quieres todo, Señor, tómalo todo. Arranca
Tú mismo mi último vestido. Pues yo sé bien que hace falta morir
para merecer la Vida como el grano debe pudrirse para que pueda
nacer la espiga de oro.
XI.- JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ
S.- Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en
mí. Y aunque al presente
vivo en carne, vivo en la fe d Hijo de Dios, que me amó y se entregó
por mí. (Gál 2,19-20).
Señor, te extiendes en la cruz todo lo largo que eres.
Ya está. Perfecto. No hay nada que tocar, te está a la medida.
La ocupas toda entera y, para que quede bien segura que
te unes a ella totalmente, dejas a los hombres que te claven cuidadosamente
a sus leños. Esto sí que es, Señor, un trabajo bien hecho, a conciencia.
Ahora Tú coincides plenamente con tu cruz, como la pieza
del ajustador poco a poco limada, encaja según el proyecto del
ingeniero. Tú quisiste llegar a esta precisión.
Ya no se mueve. Así, Señor, yo debo unir mi cuerpo, mi
corazón, mi espíritu y, tan largo como soy, tenderme sobre la
cruz del momento presente.
Y no tengo derecho a elegir la madera de mi pasión: la
cruz ya está esperando a mi medida. Tú me la ofreces cada día,
cada minuto, y yo debo ocuparla.
No es agradable, Señor, el momento presente es tan estrecho
que no hay modo de darse en él la vuelta.
Con todo, Señor, yo no te encontraré en otra parte, es
ahí donde Tú me esperas, es ahí donde, Tú y yo juntos, salvaremos
a nuestros hermanos.
XII.- JESÚS MUERE EN LA CRUZ
S.- Se anonadó tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres;
y en la condición de hombre se humilló hecho obediente hasta la
muerte y muerte de cruz. (Filip 2,7-8).
Todavía unas horas, todavía unos minutos, todavía unos
instantes. Hace ya treinta y tres años que dura esto, treinta
y tres años que viene viviendo seriamente minuto a minuto.
Pero ahora ya no puedes seguirte escapando, ahora estás
aquí, volcado hacia el fin de tu vida, hacia el final de tu camino.
Hete aquí, ya en las últimas, acorralado frente al vacío.
Ea, hay que dar el paso, hay que dar el paso de la entrega,
el último paso de la vida que desemboca en 1a muerte.
¡Y dudas! Tres horas, tres horas de agonía, son largas.
Más largas que tres años de vida, más largas que treinta años
de vida. Tienes que decidirte, Señor, todo está preparado, externamente
al menos.
Tú estás ahí, inmóvil en tu Cruz, has logrado morir ya
a todo lo que no fuera abrazar estos palos cruzados para los que
has nacido. Pero
aún circula la vida por tu Cuerpo clavado. ¡Vamos: muere, pues,
carne mortal, y brote ya tu eternidad en Ti!
Ahora ya la vida se escapa, abandonando uno a uno los miembros,
y se refugia acorralada por la muerte en este corazón que todavía
palpita.
Corazón inmenso, Corazón desbordante, Corazón pesado como
un mundo, el mundo de pecados y miserias que lleva encima.
Señor, un esfuerzo más. Mira la humanidad que, sin saberlo,
espera el grito de su Salvador. Tus hermanos están ahí, te necesitan.
Tu Padre se inclina y extiende ya sus brazos.
Señor, sálvanos. i Sálvanos!
Mirad: El ha cogido en sus manos lo poco que le quedaba
de vida, ha cogido su pesado corazón y lentamente, penosamente,
solo entre el cielo y la tierra en la noche atroz loco, loco de
amor ha levantado su Vida, ha levantado el pecado del mundo hasta
el borde de sus labios y, en un grito, lo ha entregado todo:
Padre, en tus manos encomiendo mí espíritu. Cristo acaba
de morir por nosotros. Señor, ayúdame a morir por Ti. Ayúdame
a morir por ellos.
XIII.- JESÚS EN LAS BRAZOS DE SU MADRE
S.- Le dijo su Madre: ¿Por qué¿ has hecho esto? mira que tu padre y yo, apenados,
andábamos buscándote. Y
Él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es Preciso
que me ocupe en las cosas de mi Padre? (Lc 2,48-49).
Tu obra está concluida, puedes dejar tu herramienta, puedes
irte a descansar, te lo has ganado bien. Y lentamente te deslizas
como un hombre fatigado de tu trabajo, que se cae de sueño.
Tu madre te recibe en sus brazos: ¡Cómo estás, hijo mío!
¡Qué exagerado eres! ¡Estás muerto de cansancio!
Quizá el Padre no te pedía tanto. Pero Tú descansas en
paz, sobre tu rostro, calmo y apaciguado, hay un brillo de gozo,
es el reflejo de tu conciencia tranquila. En verdad que has hecho sufrir a tu Madre; pero ella está
orgullosa de Ti.
Duerme ahora, Pequeño mío.
Tu Madre te mira. Así cada día yo me duermo al concluir
mi jornada. Y ¡en qué estado a veces Señor!
Pero ¡ay! mi fatiga y mi suciedad no siempre vienen del
servicio del Padre. María ¿aceptarás Tú - a pesar de todo - el
velarme cada noche?
Mi cuerpo está cargado de Impurezas, pero mi corazón pide
perdón. No olvides que Tú eres refugio de pecadores. Santa María,
Madre de Dios, ruega por mí, pobre pecador.
Concédeme por los méritos de tu Hijo, que jamás me duerma
sin haber obtenido el perdón de tu Hijo. Y que, reposando cada
noche en tus brazos, en paz, vaya entrenándome a morir.
XIV.- JESUS ES COLOCADO EN EL SEPULCRO
S.- Porque así como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, así por
Cristo abunda nuestra consolación. (2 Cor 1, 5).
No hablemos ya más de ello. Volved todos a vuestras casas.
El ha sido enterrado y la piedra está ya colocada. La familia
llora, los amigos están desamparados.
Ahora sí que todo se acabó. Pero no, Señor, esto no se
ha acabado. Tú estás en agonía hasta el fin de los siglos; yo
lo sé. Los hombres
se relevan en el Camino de la Cruz.
La resurrección no sería completa más que al fin del Camino
del Mundo. Y yo estoy en camino, tengo mi partecita y los demás
la suya, juntos nos vamos repartiendo a lo largo del tiempo lo
que Tú te has encargado de divinizar.
Ésta es mi esperanza, Señor, y mi invencible confianza:
no hay ni un pedazo de mi pequeño dolor que Tú no hayas vívido
y transformado en infinita redención.
Si la ruta es dura y monótona, si conduce al sepulcro yo
sé que al otro lado del sepulcro Tú me esperas glorioso. Señor,
ayúdame a recorrer fielmente mi Camino, bien en mi sitio dentro
de la humanidad.
Ayúdame,
sobre todo, a reconocerte y a ayudarte en todos mis hermanos de
peregrinación. Pues será una inmensa mentira llorar ante tu fría
imagen si yo no te siguiera Vivo en el camino de los hombres.
Apostoloteca
|