
4. LA IGLESIA COMUNIDAD
SACERDOTAL
La Constitución Dogmática sobre la renovación litúrgica
del Vaticano II nos recuerda: Con solícito cuidado la Iglesia
procura que los cristianos no asistan a la celebración eucarística
como extraños y mudos espectadores, sino que aprendan a ofrecerse
a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada, no solo por las manos
del sacerdote sino juntamente con él (SC 48). Y en Decreto
sobre el Ministerio Sacerdotal el mismo Vaticano II insta a los
sacerdotes enseñen a los fieles al ofrecer al Padre en el
Sacrificio de la Misa, la Víctima divina y a ofrecer la propia
vida juntamente con ella (PO 5).
Antes de alimentarnos con la Carne y la Sangre de Cristo,
hemos de compartir con El su sacrificio: con su vida, ofrecer
también la nuestra a Dios.
Por eso, todos participamos del sacerdocio real de Cristo.
Los sacerdotes de su sacerdocio ministerial, por el Sacramento
del Orden Sagrado, que los configura con Cristo cabeza; los laicos
por el Bautismo, reciben también una participación real del Sacerdocio
de Cristo, por su sacerdocio común.
Hagamos de la celebración eucarística el centro de nuestra
vida. Por Cristo y con Cristo ofrezcamos a Dios: nuestros trabajos,
luchas, angustias, alegrías, éxitos, etc.
El sacrificio se ofrece, pero antes se vive. Nuestra
Inmolación ha de llevarnos a una constante y continua purificación
de todo pecado en nuestra vida, para que nuestra ofrenda filial
al Padre sea cada vez más parecida a aquella de su Unigénito:
digna, agradable, perfecta. Los que comparten con Cristo su sacrificio,
buscan la Palabra de Dios, para entenderla y practicarla.
Si todos los cristianos participamos en el Sacrificio Eucarístico
consciente, piadosa y activamente como nos sugiere
el Concilio Vaticano II, habría en el mundo menos egoísmo e injusticias,
esclavitud y luchas; habría más fraternidad, justicia, libertad
y paz.
A la ofrenda infinitamente santa y perfecta de Cristo,
unamos el pobre e imperfecto don de nuestra vida al Padre Celestial.
Recordemos las sencillas y prácticas palabras de la Imitación
de Cristo: Dolores, penas, trabajos, tribulaciones no faltan;
lo que falta es que nosotros asociemos nuestras penalidades al
sacrificio eucarístico. Todos esos trabajos apenas tendrían algún
valor, al vincularse al Sacrificio de Cristo, se convierten en
actos sacrificiales; en actos del mismo Cristo, que les comunica
sus propios merecimientos (Cfr. IM 4, 8-9 y LG 6, 48).
Compartir con Cristo su sacrificio es la mejor preparación
para unirnos a El, después de la Santa Comunión.
PREGUNTA:
¿Por qué la Iglesia es una comunidad sacerdotal?.
R.- Porque todos participamos del sacerdocio
de Cristo para ofrecer nuestra vida como sacrificio unido al de
Cristo, cada uno según la participación de ese sacerdocio.
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